Cada cinco minutos se diagnostica un nuevo caso de esclerosis múltiple (EM) en el mundo. Esta enfermedad afecta a más de 2,8 millones de personas a escala global, 55.000 en España. Suele aparecer entre los 20 y los 40 años, y es la segunda causa de discapacidad en jóvenes, solo por detrás de los accidentes de tráfico. Tres de cada cuatro personas afectadas son mujeres.
La EM es una enfermedad neurodegenerativa de origen autoinmune que afecta al sistema nervioso central —el cerebro y la médula espinal—. En ella, el sistema inmunitario, que normalmente nos protege, ataca por error la mielina y los axones de nuestras células nerviosas, las neuronas. La mielina es una sustancia que recubre los axones de las neuronas y permite la correcta transmisión de los impulsos nerviosos. Al dañarse esta «cobertura aislante» y los nervios de las neuronas, aparecen lesiones o placas que interrumpen la comunicación entre el cerebro y el resto del cuerpo, lo que genera síntomas neurológicos muy diversos y una discapacidad progresiva.
Conocida como "la enfermedad de las mil caras", la EM se manifiesta de forma distinta en cada persona. No hay dos casos iguales: cada persona experimenta unos síntomas y una evolución únicos. Los síntomas pueden ser fatiga, problemas de visión, alteraciones cognitivas, espasticidad, dolor, trastornos del equilibrio y de control de esfínteres, y dificultades para caminar o hablar, entre otros. Esta variabilidad complica el diagnóstico y hace que el impacto en la calidad de vida sea muy diferente en cada paciente.
Aunque su causa exacta sigue siendo desconocida, los expertos consideran que se trata de una enfermedad multifactorial en la que intervienen tanto factores genéticos como ambientales. Es más frecuente en países alejados del ecuador, lo que sugiere una relación con una menor exposición solar y niveles bajos de vitamina D. También se han identificado otros factores de riesgo, como el tabaquismo, el sedentarismo o la composición de la microbiota intestinal, que podría influir en la regulación del sistema inmunitario.
A pesar de que no existe una cura definitiva, los tratamientos actuales permiten modificar el curso de la enfermedad, reducir la frecuencia de los brotes y ralentizar la progresión de la discapacidad. Los tratamientos modificadores de la enfermedad han cambiado el pronóstico de muchos pacientes, especialmente si se inician de forma temprana. Además, existen terapias para tratar los brotes y los síntomas, así como programas de rehabilitación que incluyen fisioterapia, terapia ocupacional y apoyo psicológico.
La investigación en EM avanza rápidamente y está abriendo caminos muy prometedores. En este debate, tres expertos nos ayudarán a entender mejor la enfermedad y los últimos avances científicos. ¿Ha aumentado el número de casos o simplemente se diagnostican mejor? ¿Se trata de una enfermedad hereditaria? ¿Qué relación existe entre la exposición solar y el riesgo de desarrollar EM? ¿Por qué afecta más a mujeres que a hombres? ¿Qué papel juega el virus de Epstein-Barr en su desarrollo? ¿Existen tratamientos capaces de frenar su progresión? ¿Puede la inteligencia artificial ayudarnos a diagnosticar y tratar más eficazmente la enfermedad? ¿Estamos cerca de lograr una cura o una vacuna preventiva?
Para mejorar el pronóstico es fundamental un diagnóstico rápido y el inicio precoz de tratamientos eficaces. En esta línea, Pablo Arroyo colidera un proyecto en el que se emplea inteligencia artificial para predecir el curso de la enfermedad mediante el análisis de datos clínicos, de laboratorio y de imagen. Esta herramienta permitirá identificar a los pacientes con mayor riesgo de progresión para adelantar y personalizar las terapias.
Por su parte, Pablo Villoslada lidera una investigación basada en la neuromodulación. Su equipo está desarrollando un dispositivo que aplica ultrasonidos focalizados de baja intensidad sobre la médula espinal con el objetivo de estimular las células nerviosas y promover la reparación de la mielina. Esta técnica no invasiva, complementaria a los tratamientos farmacológicos, podría frenar la progresión de la enfermedad, favorecer la regeneración neuronal y mejorar síntomas como la movilidad o el control de esfínteres.
Uno de los descubrimientos más relevantes de los últimos años es la relación entre la EM y el virus de Epstein-Barr, causante de la mononucleosis. Casi todas las personas diagnosticadas han estado expuestas a este virus, lo que sugiere que podría actuar como desencadenante en individuos predispuestos genéticamente. Para la neuróloga Mar Tintoré, referente internacional en el estudio de la enfermedad, este hallazgo abre una puerta a la esperanza: una vacuna contra el virus podría evitar muchos casos en el futuro. También subraya la importancia del diagnóstico temprano y de los hábitos de vida saludables como factores clave para mejorar la evolución de los pacientes.
Gracias a avances como estos, el pronóstico de la EM está cambiando de forma radical. Hoy, la enfermedad ya no se percibe como una sentencia inevitable de discapacidad. Los tratamientos han logrado reducir hasta en un 80 % la frecuencia de los brotes y cada vez se desarrollan terapias más seguras y eficaces. Sin embargo, la investigación continúa: aún queda mucho por comprender sobre los mecanismos de la enfermedad y el gran reto del futuro será no solo frenar su progresión, sino también reparar los daños ya producidos.
Ponentes:
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Pablo Villoslada, jefe del Servicio de Neurología del Hospital del Mar y director del Programa de Neurociencias del Hospital del Mar Research Institute (IMIM).
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Pablo Arroyo-Pereiro, neurólogo en la Unidad de Esclerosis Múltiple, Departamento de Neurología del Hospital Universitario de Bellvitge (HUB).
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Mar Tintoré Subirana, jefa asistencial del Centro de Esclerosis Múltiple de Cataluña (Cemcat) y del Servicio de Neurología/Neuroinmunología del Hospital Universitario Vall d’Hebron (VHIR), y profesora de Neurología en la Universitat de Vic - Universitat Central de Catalunya (UVic-UCC).
Moderadora:
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Jessica Mouzo, periodista de El País especializada en salud.
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